viernes, 28 de agosto de 2009

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Filantropía, inspiraciones mesiánicas, y el resto de cosas que se me pasan por la cabeza. Las agarro con una conexión pretendidamente sólida.
Aún necesito que me arropen y me cuenten cuentos, que me rasquen la cabeza y que me sonrían al hablar.
Pretendida solidez, he dicho, porque se torna frágil en mi paranoica ausencia.
Todos tenemos malos días, sin más. Lo que mal empieza, mal acaba, sin empeños.
No me miento, a tomar por culo, Air War y a dormir. Sin más.

domingo, 14 de junio de 2009

14/06/09

No, no, claro que hay ciertas cosas que no me gustan. Menos mal: si no, sería bastante aburrido, -y siempre me ha gustado discutir-.

Y no, no te puedo dedicar un extenso ensayo. Quizá sí, un poema. Los poetas son los únicos que saben expresar hasta los recovecos más ocultos de un sentimiento. Sacarlo a la luz.

Y el lenguaje poético es el más equívoco.

Y yo no sé escribir poesía.


Siempre me sorprendes sin saber qué decir. Sé que "te quiero" no es suficiente.

Hasta que encuentre las palabras me agarraré a la convención.


:)

Die Welt ist fort, ich muss dich tragen.

Orden roto. Crac. Crac. Crac. El ser humano es el único animal capaz de crear, e implícitamente, también capaz de destruir. Aunque sí, por supuesto, las cosas no son ni blancas ni negras. Pero se necesitan los dualismos para poder discernir, para poder criticar en el sentido más primario.

Crac. Crac. Crac.

Para marcar los límites: esto me gusta, esto no me gusta. Esto me gusta, pero no sé por qué. Esto no me atrae y no puedo aducir ninguna razón. No es culpa de nadie.

Crac. Crac. Crac.

La física moderna expandió los límites de la acción humana, y enarboló la bandera de la autonomía: las cosas ya no eran como se representan, las cosas no son dadas tal y como son, las cosas son dadas como yo quiera que sean dadas, en los límites de mis capacidades, salvaguardado por la identidad esencial entre el pensamiento, el lenguaje y el mundo. Wittgenstein lo puso de manifiesto.

Crac. Crac. Crac.

Crear es también destruir. Y no hay bien y mal, no hay verdad, hay esferas y ámbitos de adecuación a una determinada situación, -me ha dicho Austin-. El discernimiento y la crítica
se me ha tornado emocional. Esto me gusta y no sé por qué. Estoy enamorada y no puedo dar ninguna razón. Y si soy capaz de ofrecer alguna razón en algún momento, será tan sólo porque han cambiado las dimensiones de crítica. Si aduzco alguna razón entonces, será en base a lo que ya tan sólo se me presenta como ausente.

Crac. Crac. Crac.

La gente habla de que se les gastó el amor. Es más bien un hacerse añicos. Se cae el mundo, desaparece. Y ya no se puede vivir en lo inexplicable. Por eso se exponen razones, porque no hay otra cosa que poner sobre la mesa. Son la única defensa ante la experiencia de lo antinómico.

El mundo se ha ido, tengo que llevarte en brazos.



Cuando estoy borracha, me gusta tirar litronas de cerveza al suelo y ver cómo se rompen. El orden cotidiano, roto. Tan sólo me gustaría poder recoger los pedazos a la mañana siguiente.

lunes, 23 de marzo de 2009

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Soy química. Actos fisiológicos irrefrenables, deseo. Ciego y violento, abstracto. No existe más que otros conjuntos de actos fisiológicos parejos a los míos. Es lo que me constituye como animal, pero oblitera el carácter grisáceo de lo que soy. Egoísta.
La física también me constituye. Un cuerpo entre cuerpos, a merced de todo, con o sin poder de acción. Arrastrado o firmemente enraizado, pero sin trascendencia. Presente neutro e infinito.
Soy la sociedad que me rodea, los cuerpos a mi alrededor. Costumbres, hábitos, actos repetidos hasta conformar la rutina inconsciente que supone la huella pisada en que me apoyo para no tener que pensar cada paso, pero que niega necesariamente el control sobre lo que hago.
Pero también soy palabras, las mías, las de otros, las escritas, las habladas. A veces conforman la estabilidad, la serenidad y la confianza. Organizan burocráticamente. Otras, se entremezclan caprichosamente entre mis actos y llevan al desdibujamiento lábil y sutil del conjunto de mis potencialidades. Pero también puedo ser un pronombre, una identidad cerrada y conceptualizada que me hace presente si soy quien la nombra. Que me hace presente a otros si la nombran. Pero soy gris, no blanca ni negra. Aparezco, por lo que ya he desaparecido. Puedo dejarme de inventar el concepto, pero es más sencillo vivir postrada ante él.

Maldito Blanchot.

martes, 17 de marzo de 2009

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Noche en casa


Nada más que decir.

lunes, 9 de marzo de 2009

Hegel

Relación dialéctica: me ahogo.

jueves, 5 de marzo de 2009

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No espero ninguna llamada, pero aun así tengo miedo. Pero ya no tengo demasiado claro a quién, o a qué, o cómo, y por supuesto, ni siquiera porqué. Ciertas cosas siguen teniendo un aspecto meláncolico que me arrastra indefectiblemente. Trabajo, y no consigo ahorrar para estabilidad. Me lo sigo gastando todo en incertidumbre, jugando al engaño, a la expectativa, a la mano oferente. Fieles compañeras la tos amarga del alcohol y la siempre presente resaca de tabaco. Nadie dijo nada sobre la máxima de ocupación comunicativa como explotación de la incapacidad locucional.

(Tu llamada, y todo vuelve a tener sentido. Vuelvo al espacio problemático, a la declaración de intenciones: haces la vida más bella.)







[Estaría bien, sólo por una vez, dejar de darle vueltas a las cosas y decir, de una vez por todas, lo que parece que nunca te digo en serio. No hay nada más, ni nada menos.]

martes, 3 de febrero de 2009

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Me encanta besarte bajo la lluvia, aunque llegue tarde a casa. Y sí, me da igual que me llamen empalagosa.





Ciertos momentos, ciertos sentimientos, es mejor expresarlos con pocas palabras.

lunes, 26 de enero de 2009

Siente, padece y otras relaciones

Lo sé. Que no hay compañías de seguro, ni en la religión, ni en las amistades, ni en la familia, ni en el amor. Pero creo en los valores, y en su capacidad para crear ideales que ayuden a todos a ser un poco mejor cada día. Tienen la capacidad para hacer realidad, que se manifiesta, según me contaron, en los posibles cambios significativos que se puedan dar en los individuos.

(Se supone que son cambios psicológicos, pero ya me dijeron que me veían más guapa. -¿A quién no le gusta la frivolidad inesperada?)

Lo dicho: me declaro creyente.

domingo, 11 de enero de 2009

El derecho al aburrimiento

Me cuesta hablar y me gusta escuchar. No es por un respeto mojigato, no es porque hayan ciertos miedos subyacentes que me impidan dar mi opinión con seguridad -aunque bien es cierto, ciertos recatos (por decirlo con un eufemismo) se maman desde la cuna-. Puede que lo fuera hasta hace bien poco, pero ya ni me preocupa ni me ocupa lo que otro cualquiera tiene que decir al respecto de lo que hago.



En cualquier caso, sé que esta característica, y digo así, porque no es puede ser considerada ni una virtud ni un defecto, no es buena combinación si se atiende a mi bienestar mental. Ya no estoy tan segura. Si hay algo que tenga la necesidad de decir, lo diré. No voy a molestar a nadie, y no, no porque respete y valore el tiempo de los que me rodean, que también, y mucho más profundamente de lo que podría parecer, sino por una razón anterior, que aunque fundada primigeniamente en el egoísmo, está imbricada enteramente en la dimensión de la alteridad. El otro día no sé quien exactamente decía que prefería en mucho mayor porcentaje su música a las conversaciones. Aunque tambalee los presupuestos de la cordialidad, y los límites entre la sinceridad y la violencia verbal, creo profundamente en esta afirmación. Y todos hemos preferido en algún momento o en otro mirar a las musarañas en un momento dado.



Se puede decir que respeto el derecho al aburrimiento. Supongo que en realidad lo único que me pasa es que todavía no estoy acostumbrada a que me traten de cierta manera, o mejor dicho, todavía no me he desacostumbrado a cierto tipo de tratamientos.










"Algunos me contaron que la solidaridad corría el albur de despertar un recuerdo melancólico en ciertos hombres, y que hacía tiempo que ya nadie suspiraba con pesadumbre al escuchar, fortuitamente, ciertas palabras. Aquellas a las que los griegos dedicaron mitos, y después tragedias. Algunos sostienen que son esas mismas palabras las que les inspiraron para filosofar.
Tomé mi chaqueta de la silla, con cuidado, hice una mueca y me marché. Hay demasiadas cosas en las que pensar para regodearse en el lamento."