Soy química. Actos fisiológicos irrefrenables, deseo. Ciego y violento, abstracto. No existe más que otros conjuntos de actos fisiológicos parejos a los míos. Es lo que me constituye como animal, pero oblitera el carácter grisáceo de lo que soy. Egoísta.
La física también me constituye. Un cuerpo entre cuerpos, a merced de todo, con o sin poder de acción. Arrastrado o firmemente enraizado, pero sin trascendencia. Presente neutro e infinito.
Soy la sociedad que me rodea, los cuerpos a mi alrededor. Costumbres, hábitos, actos repetidos hasta conformar la rutina inconsciente que supone la huella pisada en que me apoyo para no tener que pensar cada paso, pero que niega necesariamente el control sobre lo que hago.
Pero también soy palabras, las mías, las de otros, las escritas, las habladas. A veces conforman la estabilidad, la serenidad y la confianza. Organizan burocráticamente. Otras, se entremezclan caprichosamente entre mis actos y llevan al desdibujamiento lábil y sutil del conjunto de mis potencialidades. Pero también puedo ser un pronombre, una identidad cerrada y conceptualizada que me hace presente si soy quien la nombra. Que me hace presente a otros si la nombran. Pero soy gris, no blanca ni negra. Aparezco, por lo que ya he desaparecido. Puedo dejarme de inventar el concepto, pero es más sencillo vivir postrada ante él.
Maldito Blanchot.
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Hace 4 años
