viernes, 1 de enero de 2010

Sin título

Una fiesta mediana, mediocre, normal, vulgar, gris. Una casa estéticamente cuidada, decorada con muy buen gusto. Las paredes y los espacios estaban perfectamente diseñados, los espacios bien distribuídos, los colores en perfecta armonía. Nadie lo hubiese dudado. (El problema sobrevino cuando la gente, akariótica, decidió ponerse al nivel del lugar en el que se encontraban).

La hora nocturna, festiva, obligada, represiva. (Pero eso nunca ha supuesto conflictos. Basta de pretendidas originalidades y gente absolutamente única en su especie: es seguro que no hay nadie como nosotros mismos en ningún lugar, pero bendigamos las convenciones y construcciones sociales. Yo, personalmente, no me veo con la capacidad de elegir constantemente. Sartre me ha enseñado algo al respecto).

Ropa estilosa, barata, repetida, aburrida. En perfecta consonancia. La estética totalitarista acompaña a su ideología en cuanto que intenta mostrar visualmente la eternidad del discurso que se autolegitiman a sí mismo. Discurso que embalsaman publicistas, trozos de discurso muerto que llevamos a rastras cada uno de nosotros. Y todos, iguales.

Unos billetes crueles, simbólicos, perversos, conversos: malversos. La época fantasmagórica está en su punto álgido. Vivir para trabajar, y trabajar, en pro de una abstracción: el dinero es el concepto filósofico más complejo. Y vivimos POR él. Nuestro tiempo de descanso, a pesar de ser potencialmente -en su aspecto formal- cualquier cosa, se convierte en un mero relativo a la función del trabajo. Desconcentración al servicio de la futura concentración.

Una porción pequeña, enana, minúscula, imperceptible. Ésa cualquier cosa se ha convertido, por arte de billete, en necesaria conversión de la conversación (que es dispersión). También es sociedad y son los miedos encarnados, la huída fisiológica: miedo a crecer, a ver lo que hay alrededor. (Peterpanes, al fin y al cabo. El discurso se repite eternamente). Hay, también, una porción de elegancia.

Y un hombre grande, enorme, gigante.
Que toma la porción pequeña, enana, minúscula, imperceptible.
Para ser mediano, mediocre, vulgar, gris.