Lo había estado observando durante más de treinta minutos. Tampoco tenía nada mejor que hacer, y concentrarse en algo le ayudaba a no pensar. Controlaba minuciosamente cada movimiento, predecía el siguiente. A veces se sorprendía de los movimientos, lentos, sinuosos, como los de un pañuelo azotado por una leve brisa. Como los que había visto ejecutar, hace ya tiempo, en la anatomía de una mujer.
El silencio que en otro momento le hubiese molestado, en esta ocasión le ayudaba a concentrarse. Miró a su alrededor, evadiéndose momentáneamente, para volver inmediatamente a su observación. Y predijo, como esperaba, el siguiente movimiento. El ritual continuó, solemne, durante un tiempo que no hubiese sido capaz de determinar. Estaba absorto en una actividad fatua, pero la única que ese momento era capaz de mantenerlo abstraído de la realidad que más allá de esa observación, mantenía su vida sumergida en un azar indeterminado.
La concentración mantenía sus músculos rígidos y la mirada inmóvil. Ni siquiera era capaz de advertir el olor a rancio que expedía la habitación contigua y que paulatinamente ocupó toda la casa.
Por fin, la gota de agua resbaló, ondulante, del extremo horadado del grifo. Permaneció inmóvil un instante y cayó a la pila, junto a las restantes gotas que ya habían formado un charco del tamaño una moneda. El sonido que produjo el líquido arañó los oídos de quien escuchaba. Y se dispuso a predecir el siguiente movimiento.
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Hace 4 años
