Decimos que no tenemos tiempo para todo aquello que nos gustaría hacer, que la rutina diaria nos aprisiona, nos encadena, nos atrapa. No sé muy bien quien se encuentra más perdido: el que, agobiado por las tareas cotidianas, se lanza a la indolencia una vez sentado en el sillón, o por el contrario, el que ve la vida pasar, lentamente, dejando que el tiempo se escurra sin que las expectativas puedan inducirlo a mover la siguiente ficha en el tablero.
No se trata ni del bocadillo o la fiambrera, ni tampoco del plato de comida precongelada delante del televisor. Tampoco es la ropa mal planchada, ni el pijama raído. Es probablemente cierto que los extremos sean el origen de la realidad ontológica, lo que no significa que hayan de ser ejemplos prácticos. Se trata de que el que tiene el bocadillo en la mano, exija el tiempo para animar al que engulle comida precongelada a preparar una comida en la que subyazca una conversación cualquiera, de sentarse con el televisor apagado, de que me mires cuando te hablo.
Todo esto sería mucho más fácil si el día no hubiese sido lluvioso.
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Hace 4 años

1 comentario:
yo no te miro pero sí te leo
aquí estoy
s
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