jueves, 9 de octubre de 2008

09 de Octubre

Acabo de colgar el teléfono y sé que en el día de hoy, ya es la segunda vez que he mostrado de manera clara que la he cagado, jodido, fastidiado, echado a perder, otra amistad. No es decir nada profundo -ni mucho menos nuevo- que es díficil cuidar las amistades. Pero es más díficil mantenerla cuando se sabe que los roles han cambiado. Cuando ya no es automático coger el teléfono y marcar unos números determinados, una o dos veces a la semana. Ser el que espera, hace o recibe la llamada.
Pero de cualquier manera, si se ha roto el automatismo, si es parte de los recados diarios el hacer tal o cual llamada, es evidente que la amistad que se intenta proteger está, hace tiempo, herida de muerte. ¿Cuál fue el momento en que dejé de llamar? ¿Cuando tuve que empezar a pensar? ¿Cuando empezaron a ser incómodos los silencios?
Da igual.


Eso es lo peor de todo, que al final, me da igual.

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