jueves, 9 de septiembre de 2010

(He aquí mi respuesta)

Me gusta cuando hablas (porque no pretendo escribir esa perversión de Pablo Neruda, no. Quede claro que la pervesión es de quien hacen uso del poema.) por tu claridad en la exposición. Me gusta que siempre encuentres a cualquier historia una característica que la convierta en divertida, aunque el uso de la hipérbole no esté siempre justificado. No sé si alguien ha dicho alguna vez (algún tratadista de mi gremio, seguro) que todo recurso en la creación literaria haya de estarlo, pero en cualquier caso, creo que cualquiera de ellos que sirva a la formación del microcosmos de cada historia es válido, siempre que la estructura del mismo se mantenga. Me gusta, también, tu sentido del respeto. Eres consecuente, aunque pienses -quizá en exceso- lo que te incumbe.

Tu manera de actuar denota en cuanto a esa actividad tan tuya, una especie de ritual que debes mantener metódicamente. Pudiera llamarse sacrificial, porque -y esto me duele- la mayoría de las veces la única víctima que existe eres tú. Es curioso cómo nuestros miedos suelen tomar figura: pudiera casi decirse que admiten, en cierto momento de su desarrollo, una cierta corporalidad. Es ésta la que nos daña físicamente.
Además "Tengo demasiado los pies en la tierra". Me gustaría llamarte pesimista, entonces, pero no puedo evitar recordar aquella clase. Me refiero a esa en la que el profesor (y sí, sabes de quién te hablo) nos lanzó una pregunta con excusa de una anécdota, la de si la lucidez conlleva necesariamente al pesimismo. Tuve mi respuesta al cabo de un tiempo, la tuya la supe al instante, pero me quedé con la duda de cuál de las dos estaría, verdaderamente, mirando a la vida con los ojos por los que paso trabajando mis días, mi vida, en la misma silla en la que me encuentro ahora.

Por tanto, de lo anímico, sí, tu humor, tu racionalidad, como tú dices. Del plano estético, no tengo necesidad de hablar: porque mis miradas, mis piropos dicen suficiente, y porque de todas maneras, para gustos los colores, diría el poeta.
Creo que sí es importante insistir un poco más sobre lo que vengo comentando. Porque las otras cosas son las que hacen elegir verdaderamente. La falta de respuesta me obliga a mirar a mi alrededor: tan sólo gente apasionada, que vive y que sufre, de la que aprender constantemente; inaudito, pero por fin he comprendido algo sin tener que leer y escribirlo.
Qué vas a ser si no. Algo que no me queda más remedio que señalar como un puro espíritu dionisíaco, que vive al máximo, disfrutando y sufriendo -en ocasiones- con la misma intensidad. Esto, por supuesto, algo matizado, porque no creo que tengas el espíritu de un niño...





...pero sí la capacidad del artista, de expresar y recomponer el mundo a través de tus ojos: abriendo perspectivas, descubriendo lo falso, a los demás.

lunes, 23 de agosto de 2010

15/08/10 11.40

Las acusaciones del voyeurismo más inocente -puesto que ningún acto sexual está siendo perpetrado- pueden ser lanzadas de nuevo a quien se encuentra en aquel momento esperando en la estación. Un paisaje más agrestre que el acostumbrado, menos gente a la que observar; en fin, un ambiente más aburrido que el que se da en las bulliciosas calle del centro de Madrid pueden empujar -no tan sorprendentemente como pudiera parecer en un principio- a la escritura a cualqeir que pase por allí.

Un par de revisores, aburridos, muy aburridos, se dedican a ordenar de manera mecánica a los distintos pasajeron que se dan cita en ese lugar, en el transcurso hacia un mismo destino -y este juego de palabras, por fin, ¡no es sino notarial!-, pidiendo amablemente que se sentaran en los bancos hasta que se anuncie la vía del tren. Una cara apagada y una certa expresión de consentimiento, un color cetrino (psicosomático, sin duda alguna), es la nota común de todos nosotros.
Una niña pequeña se dedica a mover las piernas, queriendo malgastar toda la energía que su edad y tentempié le han dado.

Curiosamente, se mueve al mismo ritmo de la música que me acompaña, hacendo de mi situaión una inesperada escenar típica de cualquier vídeo de cualquier grupo de cualquier música con los que somos bombardeados continuamente. En el bolso, Trópico de Cáncer, cuya calidad no consigue sobreponerse al efecto humorístico que produce al leerlo al tiempo que se escuchan Los Punsetes , lo que, lejos de la intención del autor, demuestra el fondo del libro.

Este batiburrillo y alguna opinión más se erige como mi pasatiempo mientras el tren que tanto tiempo -y ahora, tan poco- llevo esperando, no obstante sin estar aquí sentada, termina de llegar.

viernes, 1 de enero de 2010

Sin título

Una fiesta mediana, mediocre, normal, vulgar, gris. Una casa estéticamente cuidada, decorada con muy buen gusto. Las paredes y los espacios estaban perfectamente diseñados, los espacios bien distribuídos, los colores en perfecta armonía. Nadie lo hubiese dudado. (El problema sobrevino cuando la gente, akariótica, decidió ponerse al nivel del lugar en el que se encontraban).

La hora nocturna, festiva, obligada, represiva. (Pero eso nunca ha supuesto conflictos. Basta de pretendidas originalidades y gente absolutamente única en su especie: es seguro que no hay nadie como nosotros mismos en ningún lugar, pero bendigamos las convenciones y construcciones sociales. Yo, personalmente, no me veo con la capacidad de elegir constantemente. Sartre me ha enseñado algo al respecto).

Ropa estilosa, barata, repetida, aburrida. En perfecta consonancia. La estética totalitarista acompaña a su ideología en cuanto que intenta mostrar visualmente la eternidad del discurso que se autolegitiman a sí mismo. Discurso que embalsaman publicistas, trozos de discurso muerto que llevamos a rastras cada uno de nosotros. Y todos, iguales.

Unos billetes crueles, simbólicos, perversos, conversos: malversos. La época fantasmagórica está en su punto álgido. Vivir para trabajar, y trabajar, en pro de una abstracción: el dinero es el concepto filósofico más complejo. Y vivimos POR él. Nuestro tiempo de descanso, a pesar de ser potencialmente -en su aspecto formal- cualquier cosa, se convierte en un mero relativo a la función del trabajo. Desconcentración al servicio de la futura concentración.

Una porción pequeña, enana, minúscula, imperceptible. Ésa cualquier cosa se ha convertido, por arte de billete, en necesaria conversión de la conversación (que es dispersión). También es sociedad y son los miedos encarnados, la huída fisiológica: miedo a crecer, a ver lo que hay alrededor. (Peterpanes, al fin y al cabo. El discurso se repite eternamente). Hay, también, una porción de elegancia.

Y un hombre grande, enorme, gigante.
Que toma la porción pequeña, enana, minúscula, imperceptible.
Para ser mediano, mediocre, vulgar, gris.