domingo, 14 de junio de 2009

Die Welt ist fort, ich muss dich tragen.

Orden roto. Crac. Crac. Crac. El ser humano es el único animal capaz de crear, e implícitamente, también capaz de destruir. Aunque sí, por supuesto, las cosas no son ni blancas ni negras. Pero se necesitan los dualismos para poder discernir, para poder criticar en el sentido más primario.

Crac. Crac. Crac.

Para marcar los límites: esto me gusta, esto no me gusta. Esto me gusta, pero no sé por qué. Esto no me atrae y no puedo aducir ninguna razón. No es culpa de nadie.

Crac. Crac. Crac.

La física moderna expandió los límites de la acción humana, y enarboló la bandera de la autonomía: las cosas ya no eran como se representan, las cosas no son dadas tal y como son, las cosas son dadas como yo quiera que sean dadas, en los límites de mis capacidades, salvaguardado por la identidad esencial entre el pensamiento, el lenguaje y el mundo. Wittgenstein lo puso de manifiesto.

Crac. Crac. Crac.

Crear es también destruir. Y no hay bien y mal, no hay verdad, hay esferas y ámbitos de adecuación a una determinada situación, -me ha dicho Austin-. El discernimiento y la crítica
se me ha tornado emocional. Esto me gusta y no sé por qué. Estoy enamorada y no puedo dar ninguna razón. Y si soy capaz de ofrecer alguna razón en algún momento, será tan sólo porque han cambiado las dimensiones de crítica. Si aduzco alguna razón entonces, será en base a lo que ya tan sólo se me presenta como ausente.

Crac. Crac. Crac.

La gente habla de que se les gastó el amor. Es más bien un hacerse añicos. Se cae el mundo, desaparece. Y ya no se puede vivir en lo inexplicable. Por eso se exponen razones, porque no hay otra cosa que poner sobre la mesa. Son la única defensa ante la experiencia de lo antinómico.

El mundo se ha ido, tengo que llevarte en brazos.



Cuando estoy borracha, me gusta tirar litronas de cerveza al suelo y ver cómo se rompen. El orden cotidiano, roto. Tan sólo me gustaría poder recoger los pedazos a la mañana siguiente.

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