lunes, 23 de agosto de 2010

15/08/10 11.40

Las acusaciones del voyeurismo más inocente -puesto que ningún acto sexual está siendo perpetrado- pueden ser lanzadas de nuevo a quien se encuentra en aquel momento esperando en la estación. Un paisaje más agrestre que el acostumbrado, menos gente a la que observar; en fin, un ambiente más aburrido que el que se da en las bulliciosas calle del centro de Madrid pueden empujar -no tan sorprendentemente como pudiera parecer en un principio- a la escritura a cualqeir que pase por allí.

Un par de revisores, aburridos, muy aburridos, se dedican a ordenar de manera mecánica a los distintos pasajeron que se dan cita en ese lugar, en el transcurso hacia un mismo destino -y este juego de palabras, por fin, ¡no es sino notarial!-, pidiendo amablemente que se sentaran en los bancos hasta que se anuncie la vía del tren. Una cara apagada y una certa expresión de consentimiento, un color cetrino (psicosomático, sin duda alguna), es la nota común de todos nosotros.
Una niña pequeña se dedica a mover las piernas, queriendo malgastar toda la energía que su edad y tentempié le han dado.

Curiosamente, se mueve al mismo ritmo de la música que me acompaña, hacendo de mi situaión una inesperada escenar típica de cualquier vídeo de cualquier grupo de cualquier música con los que somos bombardeados continuamente. En el bolso, Trópico de Cáncer, cuya calidad no consigue sobreponerse al efecto humorístico que produce al leerlo al tiempo que se escuchan Los Punsetes , lo que, lejos de la intención del autor, demuestra el fondo del libro.

Este batiburrillo y alguna opinión más se erige como mi pasatiempo mientras el tren que tanto tiempo -y ahora, tan poco- llevo esperando, no obstante sin estar aquí sentada, termina de llegar.

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