miércoles, 10 de septiembre de 2008

Lo real cotidiano

Es evidente que no es una idea clara y distinta el hecho que me lleva a seguir escribiendo en el blog. De hecho, por no ser, no es ni siquiera una idea, sino que es más bien un impulso. De cualquier manera, no sé por qué me empeño en puntualizar o en acotar el significado de las cosas que digo: yo creo que nadie me lee.

Hace un par de entradas, antes de los revuelos meteorológicos propios de finales de Septiembre -que a todos sorprendieron en la noche de ayer por Madrid- tenía un lector. Mi intruso. No sé si serán los compromisos laborales, la dejadez, o una mala conexión a Internet lo que le ha alejado de la lectura de este humilde espacio.
Quizás sea porque ya no hablo de abortos emocionales, de heridas supurantes o de colillas amontonadas en un cenicero que reina sobre una montaña de ropa sucia. De la sensación de vacío después de una ruptura, de las ganas de frivolidad que arranca la vuelta a la ciudad. La melancolía que causa una conversación demasiado cordial entre dos personas que han compartido sábanas, confidencias y sudores.

Y podría enfadarme. Podría pensar, como ya he pensado, que es sólo y tan sólo en la cotidianeidad, en la rutina apacible, donde se gestan las mejores historias que contar. Donde acontecen día tras día y a nuestro alrededor, las mayores traiciones, las miradas de soslayo, el segundo lenguaje. Donde se suceden aquellas cosas que luego nos harán estremecernos sin creer saber por qué.

Un amigo, me leyó hace poco un fragmento del diario del filosófo Kirkegaard. Desde luego, no puedo recitarlo de memoria, pero pensaba que sería recordado como un héroe, como un dios, cuando la gente por fin leyese su libro. No tengo muy claro si creía realmente todo lo que escribía. Pero tengo una cosa muy clara, si lo escribió con tan explícitamente, con tanto orgullo y con tantísima arrogancia fue porque sabía que podía escribir en ese cuaderno exactamente lo que le diese la gana.

Voy a aprovechar el anonimato.

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